Novela
Track 1 – V
La habitación cargada de extrañas figuras. Maniquíes cibernéticos haciendo las veces de objetos decorativos. Aquí el perchero ha sido remplazado por una forma femenina calva y seductora. Allí un torso desnudo de mujer cumple la misma función que una silla. El ordenador descansa torcido sobre un par de piernas mutiladas de vaya uno a saber qué cuerpo masculino y musculoso.
“Ha colgado su chaqueta como si fuera una capa en torno a los suaves hombros de la ninfa robótica. En equilibrio sobre su pubis inoxidable, el torso blanco se reclina contra la pared gris. Una mirada neutra. Serenidad sin ojos.”[1]
Intenta sentarse sobre la espalda resinada, incómoda. Al fin lo logra, no con poco esfuerzo. Teclea velozmente los datos necesarios. El Apple[2] le devuelve la suave luminosidad de la pantalla de plasma. El fotograma se muestra limpio y crudo y tan hermoso como siempre. Piel virtual. Escamas de una consola virgen que se ofrece al primer sonido del ciberespacio. Conexión neural. Amor de fibra óptica. Neuroamante.[3]
No. No es que tenga un altísimo nivel de cultura lingüística. No ha inventado nada. No es un neologismo. Gibson lo acuñó en 1982, en el título de un libro cuya temática la persigue. La red. El amor sin contacto físico. O, en el mejor de los casos, con un contacto físico aislado por largos bloques de hielo que se miden en días, en meses.
Hotmail le devuelve cuatro mensajes, de los cuales ninguno le apetece abrir. Su madre, tres correos basura. El engrosador peneano la sigue encontrando, dos veces. Y “Agrande el volumen de su pecho”. Los borra. Todos.[4]
Vuelve al fotograma. Se revuelve en el torso/silla, buscando una posición más cómoda que sabe imposible. Los ojos se acomodan para enfocar el píxel exacto. Ahí está. En esa porción indefinible de plasma que guarda la imagen de su boca. En ese píxel está su alma, no hay duda. De esa boca salen las palabras que ella espera escuchar. De esa boca brotan las frases que él escribe en un Chat vacío de imágenes y que plasma en letras y fonemas gráficos al no encontrar oídos cercanos que las reciban verbalmente.
V se aferra a ese pequeño trozo de irrealidad. Abraza el monitor luminoso y frío. Le regala una lágrima al teclado. Se desliza franca y laxa hacia el piso fresco, abandonando los miembros semihumanos que le hicieran de asiento. En un rincón, la chaqueta resbala de la espalda virgen de la ninfa, cae al suelo, sin ruido, sin estridencias.
Suena el teléfono. Es él. Ahora V ríe. Está llegando. ¡Cuántos dolores desaparecen al oírse las voces! ¡Cuántas penas desaparecerán al rozarse las pieles!
Track 2 – H
Doscientos años. Millones de Gigabytes de información falaz desperdiciados en el cromo quemado de la irrealidad virtual. Monstruosos bloques de información que si fuera posible corporizar pesarían más que las cenizas del World Trade Center y todas las almas perdidas en el holocausto iraquí.
Doscientos años medidos en bits. En el calendario sólo han pasado tres meses. Cuatro, a lo sumo. Nadie puede decirlo con exactitud. Nadie se dio cuenta que esto estaba aconteciendo. Una sonrisa extraña. Sonrisa de Mona Lisa estirada y retorcida por la aceleración fatal de un nuevo microprocesador. Implante cerebro-genital de adrenalina y feromonas.
H se espanta ante su propia sombra derramada sobe el teclado de la consola portátil. Escribe, endemoniado, poseso y desposeído a la vez. No puede parar de repetir lo mismo una y otra vez. Disco rayado, en la jerga del siglo del vinilo. Siglo que a él le tocó vivir.
Ella no entiende. No podría entender jamás que él sigue escuchando la fritura del vinilo[5] sucio en las canciones de siempre. Música contaminada. Música “de verdad”. Música sin la pasteurización actual del DVD y sus primos más modernos.[6]
H piensa en vinilo. Mente contaminada por el polvo y los ácaros del ambiente turbio que es el mundo real. H siente la púa que recoge ese polvo y acaba con los surcos frágiles produciendo esos saltos que componen una melodía incompleta y ajena a la que le dio origen. La siente deslizándose pesada y cortante como una navaja suiza alrededor del disco rayado que es ahora su cabeza.
Para. Termina de escribir. Acaba su obra. Detiene sus dedos agarrotados de castigar las teclas. Síndrome del túnel carpiano. Muñecas insensibles después de doscientos años de transmitir lo mismo a base de palabras escritas.
Dos palabras, siempre las mismas, repetidas infinitas veces en el cuerpo de aquel E-mail que, ahora sabe, ya no necesita enviar y sin embargo enviará igual.
Cansancio. Tormento infalible. Tortura voraz de no estar allí. Levantar el teléfono. Discar. Piensa en esa última palabra: Discar. Hace años que el teléfono no tiene disco.
Pulsa estas teclas tan distintas a las de la castigada laptop y espera el tono de llamada. Zumbido digital. Timbre reconocible y absurdo. Corte comercial antes del programa principal. Ella responde. H dice: “Voy para allá”. Ella dice: “Te espero”.
Track 3 – H Ayer/Hoy
Los espejos deforman. Se ve de treinta años y tiene sólo diecisiete. Adiós colegio, bienvenido al mundo. Enciende la vieja consola[7]. Inserta un CD. Escucha música. No lo conforma, demasiado plástica, demasiado sin ruidos.
Click en Stop. Camina hacia la antigua bandeja giradiscos. Coloca un vinilo oscuro y brillante. Ahora sí, esto es música real. El ruido del polvo acumulado. El ruido de las notas musicales que han vivido su vida y se oyen arrugadas como la piel del hombre que ha caminado los años.
Viaja. Vive. Aprende. Sueña. Se cansa. Regresa.
De vuelta en casa compra un Macintosh[8] y decide que el Windows y su famoso creador pueden irse al infierno. El tiempo lo hará volver bajo el ala de Bill Gates, pero nunca estará conforme de ello.
Loguea su nuevo nick en la red. Busca quién sabe qué. Encuentra quién sabe a quién. Se desprende de algunos fragmentos de su personalidad. Maximiza otros aspectos de la misma. Recrea un personaje de ficción que en ningún momento dejará de ser él mismo.
Se encuentra con gente. Gente buena y gente mala. Gente útil y de la otra. Gente amable, gente sucia, gente corrupta, gente hermosa. Conoce a alguien a quien puede amar. Al fin. Pero no la conoce en la red. Ella estaba en la calle, rodeada de hermanas, hundida en sueños inconscientes de anfetaminas y Rock and Roll.
Se deja arrastrar a ese mundo incierto para poder más tarde remolcarla de vuelta al terreno firme de la salud. Lo logra a duras penas, pero un triunfo es un triunfo y lo festejan con hijos que más tarde ella desconocerá cuando vuelva a caer en las garras de las drogas como una amante reincidente en el pecado de la carne.
H llora mares de lágrimas tóxicas sin saber la razón de su propio llanto. Escucha los viejos discos. Escribe nuevas canciones. Publica un libro. No lo lee nadie.
Descansa en su infelicidad sin desprenderse jamás de los antiguos dolores. Sumando dolores nuevos. Inventando novedosas formas de hacerse daño. Masoquismo del tipo “hágalo usted mismo”. Fórmula mejorada, obtenga un sufrimiento sin límites en treinta segundos.
Sin darse cuenta tiene treinta años. El espejo sigue deformando la imagen. Ahora, al relejarse en el lago azul de la pared, siente que observa a un anciano decrépito que ya no oculta sus ganas de abandonar la vida para sumergirse en las aguas del sueño blando y olvidable de la muerte. Pero nada es lo que parece y al salir a la calle choca con una verdad absoluta: No está viejo. No tiene ganas de morir.
Se refugia nuevamente entre las paredes de su estudio, desempolva su primera Macintosh y al pulsar On, la casi olvidada cara sonriente de Apple[9] y la manzana multicolor le dan la bienvenida.
Se conecta a la red. Busca, como lo hizo tantas veces antes. Pero esta vez todo es distinto. Esta vez encuentra. La encuentra a ella. Y ella lo mira con ojos de emoticon[10] que dibujan una sonrisa, un guiño, una mirada cristalina y pura. Ojos grandes que aún él no conoce en persona pero adivina tras las luces de la pantalla.
Ella es V y, ahora lo sabe, siempre lo va a esperar.
Track 4 – V Hoy/Ayer
Se desnuda lentamente, dejando caer sus ropas en la moqueta helada de un departamento impersonal y ajeno. Maja desnuda[11] y anoréxica. Un filamento de cobre transmitiendo la estática que produce su sexo.
Tiembla. Es un terremoto humano. El edificio entero sucumbe a las vibraciones endémicas de su cuerpo. Se desmoronan. El edificio y ella. Los escombros de un pasado imborrable y sádico se desploman sobre su cabeza y V no puede hacer otra cosa que dejarse aplastar.
Rendida a las fuerzas demoníacas de la mente, sólo tiene fuerzas para extender un dedo que duda en un escalofrío eterno y pulsa la tecla play del reproductor de DVD. Música e imagen. Clip histérico de sonido ambiente y electrónico. No es la música que su mente necesita, pero ella no lo sabe. Demasiado limpia, diría H. Pero ella cree que le gusta. Cree que le hace bien. Cree que la transporta a un lugar y un tiempo mejores, pero no. Aunque no lo haga conciente, el efecto es el contrario.
Camina así, desnuda, y se sienta al teclado. Escribe dos palabras, cinco letras. Dos, un espacio, tres. Las mismas de siempre. Las borra. Las vuelve a escribir. Presiona Enter. Se arrepiente. Vuelve a temblar, de golpe, violentamente. Se recuesta en la silla, las piernas abiertas. Deja viajar sus dedos hasta sus muslos y acaricia suavemente la piel tersa y tibia. Insiste en el avance. Torpe sustituto de las caricias que ella espera, sus entrañas reciben la presión inexperta de una mano que ya no parece propia.
MSN[12] dice que hay once mensajes nuevos. Los abre. Uno por uno. Recuperándose lentamente del doloroso orgasmo virtual. Su madre insiste en escribirle. El correo basura ocupa el cincuenta por ciento de la capacidad de la casilla. Ha calificado tres veces para el mismo crédito instantáneo otorgado por un banco de Alaska que jamás sabrá que la Argentina no pertenece a su jurisdicción.
No hay mensajes de H. Llora. Vuelve a temblar. El terremoto ya no es patrimonio exclusivo de las noches y las pesadillas. Ahora tiembla despierta, de día. Está peor. Se siente devastada.
Doscientos años. H siempre mide los espacios temporales en doscientos años. Los doscientos años de H pueden ser dos minutos o un siglo. Para V estos doscientos años son quince. Quince años de noches de miedo y asfixia.
Pensaba que el amor iba a eliminar el terror. Pensaba que el miedo iba a remitir de pronto frente al avance visceral de las caricias y los besos.
Pero el pasado no duerme ni la deja dormir. La asfixia no desaparece. La sombra de los monstruos infames la persigue y sus piernas cada vez responden menos a la huída. Ya no puede seguir escapando.
Retrocede sobre un calendario perpetuo. Es casi como revisar el back-up[13] de los últimos quince años. Se ve pequeña. Ingenua. Inocente. Sin culpas.
Y de pronto ya no es ingenua, ni inocente y la culpa le sacude el alma. Pero sigue siendo pequeña.
Es como un virus informático que se va comiendo de a poco los archivos de sistema hasta que el ordenador ya no encuentra sustento para funcionar.
Eso es su pasado. Un virus. Un virus para el cual aún no hay software disponible. Ni siquiera H tiene una cura para este enemigo mortal. Las caricias tapan, pero no curan.
Track 5 – H/V
La red de redes. Un término que hace unos años sonaba grandilocuente y que hoy ya le queda chico a ese monstruo cibernético que es Internet y cuya anatomía de fibra óptica, cables y satélites es casi tan desconocida para todos como el origen del alma inmortal del hombre[14].
Aburrimiento para algunos. Trabajo para otros. Búsqueda existencialista para los más. H se conecta. Vive ahí dentro. Aunque “dentro” es una palabra tan rara. ¿Entraste hoy a la red? ¡Salgo un minuto y vuelvo! Frases que se utilizan para definir el acto de conectarse y desconectarse. Aunque estos términos también sean extraños. No hay cables que lo conecten a uno con la red. Uno solo está ahí, físicamente en el lugar de siempre, mientras sus dedos corren agitados e hirvientes sobre un enfebrecido teclado y su “yo virtual” surfea a través de olas de datos informáticos que viajan a la velocidad del sonido.
H “entra”. Y se queda. Busca a alguien con quién compartir algo. Aparecen varias personas pero sólo buscan esa extraña relación inmaterial, sin contacto físico, a la que llaman cibersexo. H no entiende el cibersexo. Es demasiado limpio. Como el DVD. Le falta fritura.
Sin embargo, luego de otro período de doscientos años, se toma una dosis de bits, mastica algunos microchips y se lanza a ofrecer lo que los demás piden. Si quieren cibersexo, eso les dará. Al menos no se sentirá tan solo.
Formulario de búsqueda. Mujeres, dieciocho a treinta años, Argentina. Primera en la lista, V. La agrega a sus contactos. Ella se conecta. Entra.
El consabido “hola”, los gastados “tu edad” y “de dónde sos”. La pregunta definitiva: “¿qué buscás?”.
H dice cibersexo. V se espanta, pero no. Se ríe. “¿quién sos?”. H ya no puede ni reírse. H no puede ni escribir. H ha descubierto a alguien que no quiere lo que todos quieren. La comunicación se torna difícil. Hay interferencia. Suena a vinilo. Le gusta.
“Un sexópata”. Respuesta absurda, idiota, ni siquiera sincera. Respuesta fatal: “Qué bueno. ¿Y qué querés de mí?”
Imposible ganar esta batalla. V se lleva todas las condecoraciones. Los minutos pasan y las horas llegan, se completan, transcurren veloces como microprocesadores de última generación, procesando millones de kilobytes. Miles de millones. Millones de millones. Doscientos años.
Ella responde. Pregunta poco. Se ríe mucho. Está asustada. Pero H no lo sabe. Es él quién está asustado. No puede oler el miedo de ella porque el ciberespacio no tiene olores[15] por ahora. Cierra los ojos y ve la gráfica neural de la red. Los enormes cubos de información. El hielo que representa los datos que el 40% de la población mundial vierte y trafica durante las veinticuatro horas del día.
Se la imagina morena. Se la imagina de grandes ojos oscuros. Se la imagina ultra delgada y sumamente sensual. Ella niega todo. Menos lo de ser morena y delgada. Doscientos años después confesará también que H acertó en lo de los ojos. Pero no es sensual, repite. Es un fantasma.
La entrada USB que conecta al modem con la red de banda ancha deja entrar más información de V, y él descubre que estuvo en pareja, que casi fue madre. También descubre que ahora es una nueva viuda. Y que el hijo que esperaba murió con su padre aún antes de nacer.
La red no tiene olores, es verdad. Pero H huele. Huele la estafa con ese instinto que sólo doscientos años de permanencia en los chats robóticos y fríos pueden haberle dado. Es el reconocimiento, por fin, de la verdadera fritura. La púa arrastrando el polvo a través de los finos cables que la unen a los altavoces que, aún hoy, siguen siendo monoaurales.
V también huele. Huele la desconfianza del otro y sabe que nada dirá para desmentirla. Sigue con su invención de vidas violadas por la desgracia para despedirlo. Para que desaparezca. No quiere sexópatas en su vida. Y menos aún un falso sexópata del cual podría enamorarse con tanta facilidad.
La historia continúa. Otros doscientos años. Se aman. ¿Cómo? ¿Por qué? Preguntas sin respuesta. Pura retórica virtual estampada en el silicio de las conexiones térmicas del hardware. No saben, no sabrán. Nada. Nunca.
Se caen de a poco las hojas del árbol que H ve envejecer de otoño en su ventana, al tiempo que van cayendo las mentiras que ambos se dijeron. Él no es un sexópata. Ella no es ni viuda ni casi madre ni un fantasma. Ella ni siquiera es ella. Ella es otra, mucho más secreta. Mucho más humana.
H la descubre de a poco y sin embargo más rápido de lo que podría parecer posible. A H le gusta lo que descubre. Le gusta que no sea tan limpia como el DVD.
Track 6 – V/H
Se desplazaba etérea como una ninfa acuática, sin levantar polvo ni violentar el silencio con el golpear de sus tacos. Caminaba muda y sin llamar la atención. Se movía lentamente y casi de costado, para no mirar de frente ni dar la espalda a nadie.
Vergüenza. Una vergüenza que le incendia el rostro y le carcome las tripas. Una vergüenza llena de culpa por haber sido alguna vez lo suficientemente ingenua como para no haber entendido.
No hay forma de no hablar directamente del problema. Tenía nueve años cuando a un pariente drogado en un cocktail de hormonas al cual le ardían los huevos se llevó por delante su infancia y sus risas, invadiendo el cuerpo de V y reclamando para sí su corta edad y su inocencia.
En eso piensa V ahora, cuando le cuenta a H su vida. Piensa en eso pero no lo dice. Es un viejo truco que repite desde hace tiempo. Cuando debería abrir su corazón, cambia el guión e inventa traumas aún más terribles. Así logra tapar, al menos para sí misma, ese escalofrío que da inicio al temblor.
V miente sin parar. Se inventa una viudez prematura y un embarazo perdido. Se inventa un amigo psicópata que ahora la persigue desde la sombras de un homicidio futuro. V se disfraza de ninfómana y ataca a golpes de luminosidad plasmática la sexualidad de H, buscando algún indicio del sexópata que él quiso ser al principio.
V se esconde en personajes paralelos que despliegan sus caras falsas en un click de ratón. En un diálogo esquizofrénico entre ellos[16]. V habla con V. V se pelea con V. V amenaza a V. Y entre tanto universo cibernético, y entre tantas facetas de la misma personalidad virtual, H se desprende de su orgullo y hasta intenta creerle.
V insiste porque quiere apartarlo. Porque ella es un fantasma solitario que se mueve en una jungla de datos interconectados que nada tienen que ver con la realidad. V sueña con no verlo nunca. Con quedarse en este universo inmenso pero intangible. Universo en el que el amor es sólo promesa. Donde el sexo es literatura porno. Donde nadie acaricia a nadie porque las manos están ocupadas en el teclado.
H se rinde a todo esto. Se deja llevar. El ruido y la contaminación lo atraen como un imán y siente que nada podrá detenerlo en el camino hacia V. Porque si hay alguien real en el ciberespacio, ese alguien es V. Porque ningún nick puede enmascarar la persona física. Porque ninguna ventana de chat puede cerrarse al alma.
Ella sabe que eso está ocurriendo y lo odia. V no quiere que él se rinda ante ella porque prefiere perder cada batalla. Ella quiere perderlo todo. Quiere perderlo a él. No quiere amar. No quiere que la amen. Ella no lo merece. La vergüenza y la culpa se lo impiden y a V eso le gusta demasiado. La fascina el poder que el pasado tiene sobre sus actos.
V descubre que el odio y el amor se parecen mucho. Y que hasta ahora se regocijaba en una rabia sin límites que se suaviza a cada nueva línea de texto. A cada mensaje al dispositivo móvil. A cada e-mail que se acumula en su bandeja de entrada. A cada letra de las cinco letras de las dos palabras que H repite cada doscientos años, o treinta segundos. Dos letras, un espacio, tres letras más.
Y entonces no miente más. Y cuenta la verdad. Su único trauma real. Y ahora, pronunciado en voz alta en este boquete abierto en la red de redes, V siente que no era tan grave. Y H piensa que ya lo había adivinado. Y V se alegra de que así sea, se espanta de que no la culpe y festeja este golpe de amor que la penetra mejor y más profundo que el más dotado de sus amantes, mientras decide que ahora sí, el Universo virtual les ha quedado chico, y lo invita a visitarla en la penumbra de su habitación, esta vez sin pantallas de por medio.