Fragmentos de un holograma de sal

Una nueva manera que encontré de hacer conocer mi última producción literaria.

Novela – 4ta Parte

Track 21 – La Sombra

 

La Sombra vive en la mente de V. Está allí desde hace más de diez años y no piensa moverse de ese espacio cálido y cómodo que le da albergue desde hace tanto.

La Sombra se mantiene inmóvil durante todo el día, mientras V trabaja, come, camina, chatea con H, estudia, rinde examen.

Pero por las noches, cuando V necesita descansar y dejar volar su mente hacia H y los besos que necesita recibir, La Sombra decide que es hora de moverse un poco. Sólo unas pocas sacudidas. Las mínimas necesarias para que V reciba su dosis diaria de stress, su terremoto en gotas, su miedo soluble en lágrimas.

La Sombra está segura que nadie podrá jamás vencerla, porque ha estado ahí desde hace tanto y tan tranquila, inmune a cualquier remedio que se propusiera, que ya ni siente los ataques que V le envía a través de la mente.

Pero La Sombra no es tonta y sabe que algo no está funcionando bien. De vez en cuando, en lo más profundo de la noche, cuando ella activa sus radiaciones de horror, V duerme igual, pacífica, tranquila, con la imagen de H cantando una suave canción a su oído. Una canción que habla de casitas en la playa, guitarras y golondrinas en la tarde.

La Sombra intuye que deberá redoblar sus esfuerzos, pero eso no la preocupa. Ha sido tan fácil hasta ahora que las fuerzas le sobran como para trabajar el triple.

No la pudieron vencer los años. No la pudo vencer V y su indiferencia. No la va a matar este tonto amor hecho de píxeles y rayos catódicos.

 

Track 22 – La Falta

 

El último gemido de V se cierra con un suspiro y un pensamiento. Gira la cabeza a ambos lados tratando de abrir bien los ojos mientras siente el cansancio de su cuerpo que le pide un poco más de sus propias caricias.

No entiende que H le pueda dar placer en su ausencia. Tampoco se imagina ni un segundo más de su vida sin él a su lado. Pero el pensamiento no le es suficiente. Necesita más y sabe que aún no puede tenerlo.

Necesita que él sienta el calor y el cansancio de su piel después del último compás. Necesita encontrarlo cuando en su propia desesperación lo busca entre temblores y horror. Tanto desea que H esté cerca que hasta cree sentir sus manos cuando implora un abrazo en la oscuridad.

Sabe que H está. Sabe que H no la abandona. También sabe que el recuerdo es lo más cercano que tiene y la única solución a tanta soledad.

V se sienta en la cama, en esta total oscuridad, y ve su reflejo en el espejo: mezclados el sudor del placer con el sudor del horror, que su piel acaba de vivir una vez más, en una agitación desesperada, ya no por el gozo que solo H sabe brindarle sino por la intervención de La Sombra.

Se ve y llora. Piensa en H y se tranquiliza. Lo busca para no encontrarlo y vuelve a llorar. Ve su mirada clavada en el umbral de su mente y está tranquila de nuevo. Respira profundo. Se recuesta otra vez. Cierra los ojos, respira una vez más. Abre los ojos volteando la cabeza y extendiendo una caricia que recibe el aire. El frío en las yemas de sus dedos le dice que no está el calor de H para recibirlos.

V se acomoda en otra posición, buscando abrazarlo aunque no esté ahí. Abraza la sábana anoréxica. Le dice los cinco caracteres que le escribe día a día. Dos letras, un espacio, tres letras más. Sólo dos palabras. Siempre el mismo y único sentimiento. Se duerme. Al menos lo intenta.

Se duerme. H será un esbozo de ternura entre los píxeles en la pantalla del día siguiente,  tan sólo unas pocas horas después de esa ausencia que V convierte en presencia literal. Puede estar tranquila. Puede seguir viviendo.

 

Track 23 – Lo que no es

 

H abre los ojos. Tiene grabada en la retina una imagen que cree real, pero que está inmersa aún en ese espacio entre el sueño y la vigilia rodeado de una turbia neblina. Imagen de sexo solitario, pero con un fuerte soporte telepático.

Mira a su lado y ve algo que no esperaba. Ahí mismo, en esos treinta centímetros que lo separan del borde de la cama, donde debería haber sólo un revoltijo de sábanas y colchas, está Estrella.

Estrella, que seguramente se coló en su cama, ya no para poder compartir con él una nueva noche, sino para no dormir sola. Estrella, que seguramente sabe lo que ha ocurrido minutos antes de su llegada. El olfato no miente, y la habitación huele a maratón sexual.

H piensa que ese olor que se descuelga del ambiente no puede ser sólo suyo. Está casi seguro de oler a V en ese mismo perfume almizclado que lo envuelve todo.

Estrella duerme serenamente y H la mira. La mira de frente y la descubre bella como siempre, con una paz latente en cada una de las pequeñas arrugas que rodean su ojos.

H siente un deseo enorme de abrazarla. Pero no. Sabe perfectamente que eso llevará a una demanda que él no podrá satisfacer. Porque esa ternura que H siente ahora, ese grato sabor que recuerda de otros tiempos y que le recorre subliminalmente la lengua, esas ganas de dar y recibir que lo embargan de pronto… nada de eso es amor.

H no sabe qué es lo que está sintiendo, pero sabe perfectamente lo que no es. Está seguro que el amor entre ellos dos ha desaparecido hace años. Por lo menos el amor que sentía en aquellos tiempos y del que sólo puede estar seguro porque lo siente de nuevo hoy, pero por V.

Lo que no es lo embarga como una suave brisa que se mete en sus fosas nasales y de pronto lo ahoga de un modo placentero y dulce.

H se pregunta cómo puede ser. Se plantea cuántas clases de amor pueden existir. Discute consigo mismo sobre lo que debería y lo que no debería sentir.

No. Es imposible. El amor es uno y único. El amor es invariable e inmutable. El amor es la Fuente.

Y sin embargo, a punto de volver a dormirse, H vuelve a mirar a Estrella y se emociona, deja escapar una lágrima y, mientras cierra los ojos y ve la imagen de V desnuda y entregada a su propio goce, se recuesta lentamente contra el cuerpo cálido que tiene a su lado y le regala un beso.

Un beso que hace que todo alrededor tiemble y que H interpreta como un mensaje de V. Un temblor así sólo puede venir de ella. Sabe que V sabe. Pero V, aún sabiendo lo que ocurre aquí, en esta cama húmeda y diáfana, no puede saber mucho más. No puede saber, definitivamente, lo que no es.

 

Track 24 – El Miedo

 

H tiene miedo. H teme. El mundo se le vuelve de pronto como un pasillo de nieblas y ya no sabe dónde pisar. Le tiemblan las manos. Le tiemblan las piernas. El sudor helado le recorre la frente y la espalda.

H lastimó a alguien. No fue su intención pero lo hizo. Y ahora piensa. Piensa que tanto V como Estrella también son víctimas de un juego que se torna cada vez más peligroso. Un juego que nunca fue entretenido pero que él, sin darse cuenta, sin proponérselo nunca, comenzó a jugar hace algunos años.

H tiene un miedo atroz porque se siente amenazado. Alguien, víctima también de los errores que H comete a cada segundo, lo conminó a una caída segura. Una caída en el pozo tenebroso y profundo de la venganza.

El miedo se le metió adentro, pero no por él mismo. Han puesto una bomba de infamia en la cocina de su casa. Se han metido con su gente. Con su familia. Con su bien más preciado.

De golpe siente que ama a Estrella como a nadie. De golpe siente que la tiene que proteger de absolutamente cualquier cosa. Si hoy los aplastara un terremoto, H sostendría los escombros del mundo para que no la toquen.

H se aferra a ese último pensamiento como a un madero en alta mar después del naufragio. H necesita de ese pensamiento para sobrevivir a esta catástrofe.

Estrella. Estrella debería haber sido siempre su prioridad. Siempre. No V. No V. No V. Estrella.

Cigarrillo. Uno más. Otro. Pensar. Procesar velozmente la información. H obliga a su cerebro a trabajar en algoritmos y a resolver los problemas cual poderosa computadora.

H consigue armar un mapa cerebral de la situación. Reúne al equipo. Parte del entorno habitual. Parte de la familia. Ahí está Estrella, brillando en lágrimas cristalinas, presente como nadie puede estarlo si no fuera etéreo como ella.

El miedo hizo su trabajo. H confiesa parte del asunto. Otra parte la disfraza, la manipula, la distorsiona. Peligroso camuflaje semiótico.

H sale parado como un gato. Estrella sonríe. El entorno sonríe. La familia sonríe. Lejos, muy lejos, escondida en la niebla psicodélica de la distancia, V llora. Llora de miedo. Ella no sabe que H está bien. Que H siempre va a estar bien. Que H es invulnerable. Ella solo sabe que es imposible olvidarlo. No puede borrarlo de su cabeza. Su nombre está escrito con esa tinta tan suya, tan potente, tan indeleble, tan de H.

 

Track 25 – Las Mentiras

 

       V telefonea una y otra vez. Lo llama a todas horas. Quiere asegurarse de que esta bien. Que sigue vivo. Que sigue suyo. Que sigue.

       H miente. Está todo muy raro. Es peligroso. Necesito tiempo para arreglar las cosas. No quiero involucrarte.

       Pero V no es tonta. Sabe que si pudiera estar involucrada ya lo estaría. De hecho, sospecha que ya lo está. Solo que -se equivoca- H no lo dice para no preocuparla.

       H no se lo dice porque no quiere. H se da cuenta que no le importa nada de nada que no sea sobre Estrella. H se aburre de V. H ya no sueña con ella. H ya no precisa más los temblores de V. Los temblores pesan.

       Pero no. No es que pesan sino que oprimen. Oprimen a la altura del pecho. H sabe que V solo piensa en él. H sabe que esos temblores son por él y a pesar de él. H sabe que V lo necesita para pelear contra ellos y H sabe que él no puede ayudarla. Pero ha creado una falsa imagen de sí mismo. La ha convencido de que sí puede. Ha proyectado fragmentos de un holograma de sal. Imágenes paganas generadas a través de un complicado sistema de refracción de la luz, que arden en la piel y en el alma.

       Fragmentos. Ni siquiera ha conseguido falsificarse del todo. Son solo fragmentos. Partes sueltas de un todo inabarcable que se confunden entre sí, se retuercen, se expropian unas a otras de sentido y contenido.

       Imágenes que penetran en las heridas causando un dolor que ninguna llaga física puede causar. Sal penetrando el corte de la carne. Sal que se disuelve en la sangre.

       Mentiras. Puras mentiras que H ha conseguido convertir en verdades absolutas para V y que, hasta hace unos momentos, eran verdades absolutas para sí mismo. Mentiras que crecieron a la luz de un amor solventado por la pasión inconcebible que nace de la derrota del yo. Esa pasión que se alimenta de las migajas que el amor verdadero, la Fuente, el hechizo, han dejado en el corazón idiota del que ha perdido la visión del futuro y se refugia en doscientos años de vidas pasadas.

       H mira la pantalla desolado al notar pro primera vez la culpa. H está a punto de escribir un mail. H redacta las primeras palabras para borrarlas al instante y reemplazarlas por las dos de siempre… dos letras, un espacio, tres letras más. Pero esta vez esas palabras no sirven. El lo sabe. Todos lo saben. Todos menos V. Ella recibiría con gusto ese mail mínimo. Ella mataría a cualquiera para poder recibirlo. Pero H viaja. Estrella lo acompaña. Caminan de la mano en una playa ventosa. Se miran a los ojos después de doscientos años. Hablan. Conversan. Y esas conversaciones tienen esa naturalidad del vinilo. Ese ruido a polvo en el surco. Tierra friéndose en una sartén de música. Y H adora ese sonido. Y se siente bien. Y canta.

       Y V, sola como siempre, recibe mails con publicidad erótica, ofertas de crédito de un país lejano, una invitación a una disco de moda y el vacío de H. La falta de H. Esas dos palabras que no llegan nunca y que V precisa como el aire.

       V espera en vano, y lo sabe. V se da cuenta de lo que sucede. Entonces es ella la que escribe, y solo escribe lo de siempre. Te amo.

 

Track 26 – Disfraces

 

       V desespera y llama. El teléfono suena mil veces. La voz grabada con el saludo antipático siempre ahí. V deja mensajes. Muchos.

       H enciende el móvil bastante tarde y recibe los catorce mensajes de texto de ayer más los ocho mensajes de voz de hoy.

       Los borra. Todos. Sin leerlos. Sabe perfectamente lo que dicen. No quiere leerlo. No quiere escucharlo. No quiere saberlo. Prefiere disfrazarse y salir. Palermo. Palermo de noche. Palermo peligroso, inseguro y sexual. Travestis y putas por todos lados. Música extravagante en algunos bares. Ofertas de cuerpos que se parecen inmensamente a esos maniquíes que hacen las veces de muebles que no puede relacionar más que con V.

       Sorpresa. Está pensando en V. Carajo. Salió para no pensar en ella y termina consiguiendo lo contrario.

       El disfraz de esta noche asusta. Cara ceñuda, mirada asesina. Campera negra y zapatos duros al tono. Jeans raídos y sucios. Se sienta en un bar. Pide whisky. Sin hielo. No, nacional no. Del bueno. Si, J&B está bien.

       Una chica demasiado joven para salir de noche se sienta a su lado. H espera que no sea un chico. Los disfraces en Palermo de noche no son su monopolio. Aquí todo el mundo es un disfraz.

       H le pide que lo deje solo. La chica insiste y le habla de algunos números que H tarda en reconocer como tarifas. No, gracias. Entonces un trago, y te hago compañía. H recuerda una canción tímida… sobre la Magdalena… si. Era una puta también.

       Ella se ríe cuando él le pide documentos para saber si está en edad de beber alcohol. Se ríe a carcajadas, pero H insiste y ella llama al mozo, pide el trago y se queda mirándolo. H no recibió el documento pero ya debe un J&B más.

       Hablan de la vida. La vida de H. Ella no quiere hablar de la suya. Dice que es demasiado triste. H se desnuda el alma frente a ella y ella se desnuda el cuerpo ante él, más tarde, en un hotel donde ella trabaja y nunca le preguntan la edad. H se siente un delincuente, pero no puede negarse. Ella le ofreció no cobrarle. Él tiene dinero de sobra pero sabe que eso es lo más cercano al amor que una puta puede dar. Su trabajo por nada.

       H cierra los ojos y mira para adentro. De pronto descubre que ha vendido su alma sin darse cuenta, hace mucho, mucho tiempo. H piensa que debería haberla vendido aún antes. En la infancia. Así no debería haber pasado por el deseo de ser joven para siempre… ¿qué niño quiere ser siempre joven?, se pregunta.

       H siente lejanamente el cuerpo de la niña sobre él, intentando acoplarse al ritmo de su cuerpo adulto sin ver que no hay rítmica en esos espasmos incandescentes. H la siente de todas formas, mientras piensa que Peter Pan sólo pudo haber sido obra de un adulto, porque ningún niño en su sano juicio pensaría que la infancia eterna es la solución de nada. En cambio, en la adultez, casi todo el mundo quiere, desea, volver a ser joven.

       Si hubiera vendido su alma en aquellos tiempos, seguramente H hoy sería un adulto de verdad, no el eterno inmaduro que es. H de pronto desea ser grande, como cuando era chico. Desea hacer desaparecer el deseo, síntoma inequívoco de su adolescencia kármica. Desea que el tiempo pase, mientras piensa que nunca se está seguro de que el tiempo pasa… después de todo, los segundos, los minutos, las horas, los días, los años… no son más que números. Y él siempre fue tan malo con los números.[30]

       H piensa todo esto mientras no piensa en nada. H ha cerrado los ojos y se ha entregado al lento y experto vaivén de una púber que ha encontrado una manera que supone nueva y fácil para ganarse la vida, sin enterarse siquiera que ha caído en una de las más viejas trampas que la vida prepara para quienes la viven.

       H abre los ojos despacio y lo primero que ve es que no ve nada. Todo se ha puesto oscuro y de pronto no siente ya el peso de la niña sobre su pelvis. Tampoco siente su pelvis… ni sus piernas, ni ninguna otra parte de su cuerpo. H está inmóvil pero conciente de haber abierto los ojos y le resulta tan raro saber que ha abierto los ojos cuando no siente los ojos ni ve lo que sus ojos deberían ver.

       H descubre que no está pensando en V, porque si pensara en V no estaría pensando en que no la piensa. H descubre que está pasando por una de esas etapas en las que todo es una gran paradoja universal. H descubre que es posible que se haya vuelto loco, aunque quién define al fin de cuentas qué es estar loco sino uno mismo cuando se compara con los demás. H descubre que si se compara con los demás, no cabe la menor duda de que son ellos los que están locos. Él no puede estar loco porque ya no está pensando en V.

       ¿Pero en qué está pensando?, piensa. Y la respuesta es tan obvia que casi se tuerce de risa, aunque no podría torcerse de risa porque no siente su cuerpo y la risa es pura contorsión muscular y espasmo y sacudidas. La respuesta está en la misma pregunta, ya que si se plantea en qué piensa, entonces piensa en qué piensa.

       H vuelve a reírse sin risas, ya que su monólogo introspectivo se ha convertido de pronto en el más burdo de los trabalenguas. Claro que a él siempre le gustaron mucho los trabalenguas. ¿Pero dónde se metió esa puta tan joven que estaba aquí hace poco?

       Esta nueva pregunta se responde automáticamente cuando se abre una puerta cercana y un resquicio de luz le devela a H una habitación que le parece conocida y vislumbra claramente a la niña que se ha vestido y se va. Se va como se van los pensamientos cuando uno se duerme. Veloz y tercamente, hacia un territorio que la conciencia no domina y donde todo es tan, pero tan libre…

 

Track 27 – Despertares

 

       Estrella despierta en su cama de siempre. H está a su lado. Ella sabe muy bien que H estuvo anoche con otra. Lo huele. El sudor en la piel de H no es el sudor de H. Pero Estrella lo mira dormir a su lado y sabe, más allá de cualquier cosa, que ha ganado la batalla y todas las batallas.

       H llegó anoche cansadísimo de sexo vacío pero le dedicó a ella una breve demostración de sexo completo. Ese que viene con amor en tamaño grande y cigarrillo y gaseosa al final. Fast is not bad.

       Estrella sonríe y su sonrisa es dulce y sincera y hermosa y brillante y de pronto su nombre cobra un sentido que nunca antes tuvo. Estrella alumbra a H en esa semi penumbra del dormitorio y se eleva en un cielo amanecido hasta desaparecer en el día. Estrella es feliz nuevamente. Estrella ganó.

 

       V despierta tirada en la alfombra de una habitación de hotel. A su lado hay un hombre viejo, gordo y sudado. Fue lo mejor que pudo conseguir anoche. Le duele la cabeza y no sabe si es del alcohol que ha consumido o del esfuerzo hecho para sostener al gordo sobre su cuerpo magro y frágil durante los tres minutos exactos que duró el coito.

       V aleja su mirada del viejo y se topa con un espejo que le devuelve una mirada apagada y fría. Sabe que es la suya pero no puede culparse a sí misma por su estado. La culpa es de H. Maldito H. Jamás se lo dirá abiertamente pero no dejará pasar ninguna oportunidad para que él lo sepa a través de frases corruptas por la hipocresía.

       V sabe que algún día tendrá revancha, pero también sabe que ese día aún no llega y de pronto ya no tiene ganas de luchar. Se deja caer nuevamente en la alfombra y suelta un “mierda” mascullado entre dientes, mientras escucha la voz del gordo que le dice: “¿Así que ya estás lista para otra vuelta?”.

 

       H despierta en su cama de siempre pero Estrella no está a su lado. Él durmió más de la cuenta y ella ya debe estar preparando todo en la cocina. Intenta levantarse pero los músculos le duelen como nunca antes. “Maldita puta”, piensa mientras recuerda la aventura de anoche y siente un vago dejo de culpa y una amarga sensación de tristeza al entrever, en su memoria cada vez menos selectiva, el rostro de la niña que le demostró tanto amor de una forma tan poco formal.

       H hace un esfuerzo sobrehumano y se levanta al fin, tenso pero despreocupado. Le dedica un segundo al recuerdo de V y una media sonrisa se le dibuja en la cara. “Va a estar bien”, se miente. “Es fuerte y va a estar bien”, se convence. No es que ya no la quiera… es sólo que es tan difícil quererla… En cambio Estrella… qué fácil es querer a Estrella. Que fácil es amar a Estrella. Qué fácil es sentirse bien cuando uno ama a Estrella…

       H se lava la cara, se cepilla los dientes, se afeita, se peina. H siente que tiene una vida nueva por delante. H se propone no volver a cometer nunca el error de alejarse de Estrella, porque puede aparecer una nueva V que le haga perder el camino una vez más. O puede aparecer la misma V y terminar la obra que comenzó cuando decidió no huir de aquel sexópata online en el que él se había convertido para jugar un poco.

       H le sonríe al espejo y se dispone a salir al encuentro de Estrella cuando una sombra le cruza la mirada y se da cuenta que V no va a estar bien. V no sabe vivir sin H. Sin las mentiras de H.

       H se sacude el pesimismo que lo embargó por un instante y sale, sonriente y decidido, a vivir su vida con Estrella. Algo se le va a ocurrir para que V sufra menos. No la va a dejar sola. Nunca.

 

Track 28 – 200 años después

 

       La vida es una hija de puta. Te da y te quita. Te quita y te da. Es tan hija de puta que ni siquiera te da tiempo de convencerte de que ésta vez sí, te va a ir bien, que ya te está torciendo el brazo una vez más.

Y cuando por fin empezás a convencerte de que estar mal no es tan terrible y la costumbre hace milagros, te vuelve a dar oportunidades que ya no querías ni soñar… y vuelta a empezar.

       La vida es una hija de puta y Dios acaba siendo, como decían en aquella película llena de efectos especiales, el tipo cuyo trabajo es ignorarte cuando deseás que algo se cumpla con todo el corazón.

       La vida es tan hija de puta, que cuando H estaba acostumbrándose a vivir sin V, cuando H ya no necesitaba a V, cuando H estaba seguro de poder continuar el resto de su vida sin ni siquiera pensar en V, alguien del entorno le avisó que V estaba muerta.

       La vida es tan pero tan hija de puta que no te permite decidir nada. Porque si decidiste vivir sin V, ella se encarga de decirte que vas a vivir sin V aún queriendo encontrarla nuevamente hoy mismo, o dentro de unos días… o unos años.

       H ya ni pensaba en V cuando de pronto V fue su único pensamiento. ¿Cómo puede ser que V esté muerta? ¿Cómo puede ser verdad que se haya tomado todas esas pastillas? ¿Cómo puede ser que haya sido tan hija de puta como la vida, sabiendo que yo iba a sentirme culpable por su decisión doscientos años después de dejar de pensar en ella?

       H llora la muerte de V porque H sabe que es su propia muerte. Es su obra. Él fue quien planeó esta muerte indecorosa y esperable, a fuerza de golpes invisibles pero certeros.

       H llora la muerte de V porque sabe que el próximo debe ser él. Porque la muerte es aún más hija de puta que la vida y no lo va a dejar seguir en paz su camino de amor conyugal y playas ventosas y canciones tristes y sexo lento al atardecer, cuando uno no dice palabras apasionadas y calientes sino que ejecuta el ritmo de la penetración con recuerdos del primer encuentro, de la primer sonrisa, del primer baile, del primer hijo.

       H llora la muerte de V porque a V le debía su nueva vida. Sin V, H jamás habría conocido la sensación de agobio en el alma que lo llevó a recomponer su estructura vital para volver junto a Estrella. Junto a la paz que le da Estrella.

       H llora la muerte de V porque con V conoció la verdadera vida y junto a ella supo que esa vida, tan llena de cosas lindas, era una reverenda hija de puta.

 

 

 

 

 

Track 29 – V y la Muerte

 

       ¿Y a quién le puede importar si vivo o muero? ¿Y a quién le puede importar la forma en que vivo o muero?

       Preguntas que se hace V justo antes de morirse porque quiere. Porque quiere hacerse esas preguntas y porque quiere morirse y porque quiere morirse justo así y justo ahora.

       V escribe una carta llena de justificaciones que no justifican nada y la mete en un sobre donde casi, sin darse cuenta, está por escribir el nombre de H, pero donde termina escribiendo, entre risas que ni sabe de dónde le vienen, un escueto y estúpido “Señor Juez” más digno de mala película vieja que de mala vida real.

       V cierra el sobre, se sienta en el suelo, se recuesta contra una pared y piensa que la vida es una hija de puta. La vida te da y te quita. La vida te quita y te da.

       La vida es tan hija de puta que cuando no tenía nada le dio a H. Y cuando estaba feliz de tenerlo se lo quitó. Pero lo peor, es que cuando se decidió a vivir una vida de mierda, sola y amargada, planeando una venganza que nunca iba a ejecutar, le dio un hijo.

       Un hijo de quién sabe qué padre, porque V ya no sabe con quién duerme, pero un hijo al fin. Alguien a quien darle el amor que H rehusó tan torpemente.

       Y claro, V de pronto es feliz de nuevo, pero nadie le puede quitar el alcohol que tanto se acostumbró a consumir en las malas épocas post-H, así que un día vienen unos señores muy amables que le dicen en un tono muy amable que se tienen que llevar al chico porque ella no está en condiciones de criarlo.

       Entonces V se dice que la vida no debería ser tan hija de puta pero que bueno, que sí, que lo es, que no queda otra que aceptarlo o rebelarse y que ella ya aceptó demasiadas cosas y que la única rebelión contra la vida que se le ocurre es la muerte y que se vayan todos a la mismísima mierda, la vida incluida.

       Y V se mata. Se toma todas esas pastillas mientras piensa que la vida es una hija de puta y que H es un hijo de puta y que ella misma es una hija de puta porque su hijo, si dentro de unos años se acuerda de ella, se va a preguntar: “¿Por qué, mamá? ¿Por qué me dejaste así?”

 

Track 30 – H

 

       H gastó las lágrimas que le quedaban y se refugió en Estrella. Se pegó a ella como a una última brasa encendida en medio de una noche gélida. Se aferró a la paz marca registrada de Estrella y se olvidó de V. Otra vez.

       H sólo piensa, mientras deja que el último de los recuerdos se escape de su mente, los fácil que es olvidarse de todo cuando uno tiene a Estrella a su lado.

       Pero H intuye que esto no es un cuento de hadas y que el final no puede, no debe ser feliz. H sabe que según la ley de Murphy si algo puede salir mal, saldrá mal. Y Murphy era un optimista.

       Así que H se dedica por entero a disfrutar a Estrella. Esa Estrella que no sabe hacer otra cosa que alumbrarle la vida para que ésta parezca un poco, al menos un poco menos hija de puta.

       H ya no hace nada que no sea estar con y para Estrella porque Estrella no hace nada que no sea estar con y para H. H descubre el principio de reciprocidad y dedica una décima de segundo a preguntarse cómo le va a tocar a él el acto recíproco de la muerte de V.

       H piensa eso y enseguida vuelve a Estrella y le dice a Estrella que la ama y que le pide perdón por todo lo que ha hecho en su vida y que ahora sabe que no puede vivir sin ella y que por favor no se vaya nunca de su lado porque entonces no le quedaría otra opción que morirse.

       H le dice todo eso a Estrella mientras observa con una sonrisa triste la paz que transmite Estrella mientras arma la valija porque se va. Se va para siempre. Se va porque si, H, ya no te aguanto.

 

Track 31 – La Fiesta

 

       El Entorno se reúne y brinda. Brinda porque todos y cada uno de ellos estaban esperando que Estrella se decida a abandonar a H. Porque todos aman a Estrella, y ya no querían verla sufrir.

       Claro que ninguno puede asegurar que Estrella sufriera estando con H, pero a estas alturas a quién puede importarle.

       El Entorno brinda y ríe y baila y festeja en la que parece ser la mejor fiesta en los últimos doscientos años.

       El Entorno felicita a Estrella y Estrella se ríe con ellos pero enseguida se va porque tiene cosas que hacer y que gracias y que yo también los quiero y que por favor no se pierdan y que claro, como no, el domingo nos vemos allá.

       El entorno se olvida que hasta hace poco ni siquiera le dirigía la palabra a la pobre Estrella, tan rara ella con su nombre larguísimo. Ya nadie puede recordar que hasta hace poco la ignoraba, porque el morbo que produce el saber que H se ha quedado solo es mucho más disfrutable que el silencio de radio que se le imponía a ella.

       El entorno festeja aún después de que Estrella se va porque la fiesta está tan linda y Estrella va a ser tan feliz…

      

Track 32 – Estrella/V

 

       Estrella supo de V mejor que de cualquier otra que H hubiera conocido pero claro, H nunca había conocido a nadie como V.

       Estrella nunca llegó a conocerla ni por fotos. V en cambio vio fotos de Estrella y oyó hablar de Estrella miles de veces. Estrella sabe de V lo que pudo adivinar. Que no es poco.

       H siempre fue poco discreto en sus aventuras, pero con V, de pronto, se volvió estúpido. Todo lo que hacía lo hacía pensando en V y por lo tanto Estrella comenzó a ver la sombra de V por todas partes.

       Estrella ahora está aquí, sola, esperando a H que vuelve del trabajo en pocos minutos, y piensa en V. Piensa en V por primera vez sin considerarla una rival. Piensa en V y en las lágrimas que H no pudo contener cuando leyó aquella carta que le llegó de lejos. Una carta, sí. En la era digital, cuando lo único que llega por los ancianísimos buzones son facturas para pagar, H recibió una carta. Y esa carta no era de V, pero era el último mensaje que V le enviaba a H. Era la noticia de su muerte contada por un amigo que supuso que el teclado no era la herramienta ideal para esta noticia.

       Estrella piensa en V y llora un poco por V y siente pena por V y se compadece de V hasta que se le pasa, porque está llegando H y la vida sigue y debe llegar cansado y con hambre.

       Estrella sonríe nuevamente y recibe a H con un beso que no precisa de ninguna palabra ni gesto que lo refuerce, y lo lleva de la mano hasta la cocina donde le da de cenar mientras lo mira sin decir nada.

       H come despacio y la mira y sabe que Estrella estuvo llorando y hasta supone que fue por V, porque Estrella es tan buena que hasta puede llorar por quien fue su peor enemiga.

       H sonríe también y de pronto deja de sonreír porque Estrella no está ahí. Estrella se fue hace meses y no la volvió a ver. Estrella lo dejó después que lo dejó V y ahora él está muy solo y espera que algo pase. Que algo nuevo pase, porque esto ya es insoportable, viviendo de sombras y recuerdos y alucinaciones y por qué a mi, si yo traté de hacer bien las cosas…

       Estrella se levanta sonriente para recibir a H y de pronto deja de sonreír porque H no está, ella lo dejó hace meses, cuando se dio cuenta que la sombra de V no lo iba a abandonar del todo jamás y que ella podía pelear con una rival pero nunca con una rival muerta.

 

Track 33 – Triste

 

       H está solo. Solo y triste. H está triste. Triste de una tristeza férrea que convoca en su mente una tormenta de gritos y quejidos y palabras de venganza pronunciadas con los dientes apretados y la mirada tensa.

       H está solo. Solo y furioso. H está furioso. Furioso de una furia irresponsable llena de maldiciones y amenazas que no conocen otra forma que la violencia más pura y cruel.

       H está solo. Solo y solo y solo y solo. Su única compañía de pronto es la soledad. Justo a él, siempre tan rodeado de todo y todos. Siempre tan sociable y tan social.

       No es la primera vez que está solo, pero sí es la primera vez que se siente así. En muchos años, cada vez que no tenía una compañía, H sólo tenía que mandar un mensaje desde su celular, o escribir un e-mail, y al instante tenía cientos de propuestas.

       Ni siquiera está seguro de no conseguir compañía, pero por las dudas, ante la posibilidad del fracaso, decide seguir así, inmóvil, mirando la pantalla fría de su Mac, clavando los ojos en el centro mismo de ese píxel que de pronto se ha vuelto tan grande e imponente que es imposible separar de él la retina.

 

Track 34 – Solitario

 

       H abre lentamente el ojo izquierdo y vislumbra una llamarada blanca. Luego abre el derecho y la llamarada resulta ser la pantalla en blanco del monitor de plasma, que ha quedado encendido y vacío de contenido al no haber comenzado jamás la tan postergada rutina del chat.

       H abre su Outlook y chequea sus mails. Ocho mensajes. Dos le vuelven a ofrecer pastillas de Viagra gratis. Otros cuatro le quieren vender una semana de vacaciones en destinos imposibles. Los borra.

       Pero hay dos más, y uno no debería estar allí. Es de V. V que escribe desde la tumba y le desea una vida feliz. Maldita tecnología que permite que un mensaje escrito doscientos años atrás y extraviado en el ciberespacio, vuelva desde Neverland a golpearle la frente con un latigazo helado.

       El otro, el último, es de alguien llamado Z. H cree reconocer en esa letra algunos rasgos que ha conocido antes… pero no recuerda.

       H fuerza la memoria apretando los ojos y los dedos pero no consigue nada… hasta que de pronto, las últimas palabras, le despiertan un cálido resplandor en el estómago: “Hace doscientos años, me fui sin saludar. ¿Nos vemos esta noche?”

       H sonríe. La salvación siempre está cerca, aunque intentemos desesperadamente no verla.

 

Track 35 – Y Final[31]

 

       H sale de su cuarto, sale de su casa, sale de su calle, sale de su barrio…

       H sube a un taxi y viaja hasta Palermo. Palermo, el reino del disfraz. Pero esta vez, H va sin disfraces.

       H llega a un bar y se pide una cerveza que le sirven tibia y rancia pero que cuesta lo mismo que un buen whisky en Escocia.

       H mira a uno y otro lado, hasta divisar las máquinas acomodadas en prolijas hileras contra una pared.

       H se sienta frente a una pantalla, abre una ventana de chat y escribe: Te estaba buscando.

       En la pantalla de al lado, una chica demasiado joven para salir de noche, casi una niña, le responde: La última vez me fui sin saludarte. Pero esta vez ni sueñes que no te voy a cobrar.

       H llora un poco, no mucho, sin perder una sonrisa estúpida que insiste en mantenerse dibujada en sus labios y escribe la frase de siempre. Dos letras, un espacio, tres letras más.

 

Bonus Track – Z

 

       Z tiene dieciocho años. Cuando conoció a H, hace doscientos años medidos en tarifas cobradas a viejos degenerados y sudorosos, sintió una ternura que la tomó absolutamente desprevenida.

Z no supo que eso era amor hasta que más tarde, después de huir de la habitación a oscuras aterrorizada por haber vivido su primer orgasmo, cayó en la cuenta que por primera vez desde que había elegido su profesión, se iba a dormir sin dinero para el desayuno del día siguiente.

       Z perdió mucho más dinero y clientes en los próximos días, siguiendo a H de un lado a otro, preguntando a todo el mundo por él, viviendo por las anécdotas y los chismes ajenos la vida de una persona que hasta hacía poco no conocía, y que ahora era un todo en su vida.

       Z dejó el alma en una persecución que al principio pareció absurda pero que H, en su carrera perpetua hacia la nada, se encargó de legitimar lentamente.

       Z se jugó sus últimas monedas en un ciber-café para enviar el mail que hizo despertar a H de su letargo, y más tarde corrió un último riesgo acostándose con un comisario de la Policía Federal a cambio de un par de billetes más que le permitieran llegar al bar donde lo conoció, sentarse a esperarlo con una Coca-Cola, y por fin sentarse en una de las máquinas cuando descubrió que H estaba allí, mirándola de frente en la ventana de chat y de reojo sentado a su lado.

       Z describió con ortografía tensa sus sensaciones desde el momento de verlo por primera vez.

       H se desangró en sutiles oraciones que intentaban demostrarle a Z que sin ese último mail, él sería ahora un cadáver más en la colección de la Parca.

       Z y H siguieron amándose en letras brillantes hasta que se les acabó el crédito de las máquinas y se les acalambraron los dedos.

       Z y H salieron de allí abrazados, camino de la misma habitación donde, doscientos años atrás, habían festejado los dieciocho años de Z.

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