Novela – 3ra Parte
Track 13 – Entorno
H y V no están solos. Tienen cómplices. Figuras brillantes en su permanencia y oscuras, turbias, en sus desapariciones. Camaradas canallescos, amigos incondicionales. Skaters del hielo en su mayoría. Acondicionados con pseudo-implantes biónicos de procesadores de datos. Anacrónicos. Compulsivamente parcos y discretos.
Dos territorios. Todo el circo de personajes, incluidos H y V, se mueven en dos territorios. El gráfico y virtual del hielo. El corpóreo y real de la Argentina.
No hace falta hablar mucho de la Argentina. Con decir que hace doscientos años que no cambia (en años reales, no años de H), que se desliza tranquila y espontáneamente de una crisis a otra, que aumenta día a día sus ansias de expulsión desterrando a sus habitantes a los límites de la marginalidad, sobra. Pero es importante esta Argentina en la que se mueven H, V y el Entorno. Es importante entender la frustración y el orgullo que sienten las personas que aquí viven y mueren.
Es básico e imprescindible saber que aquí la gente sueña despierta. Que alucina sin drogas. Que sufre sin dolor. Que se ríe del llanto. Que llora de risa.
En algunos casos se podría decir que la Argentina se parece mucho a la red. Nada es lo que parece. Nada parece lo que es. Todo muta permanentemente y, sin embargo, todo sigue igual. Como el hielo. Como la Fuente.
Es por eso que el Entorno existe de esta manera subliminal, conectado a la red, barrenando las olas del hielo, dejando arrastrar su corporeidad sobre las tierras argentinas.
La Argentina es una extensión enorme, con límites difusos por lo lejanos, por lo que parece aun más similar a la red global que les ha servido de pista a H y a V para despegar uno hacia los brazos del otro. H en su carcasa céntrica y hegemónica, V en su burbuja de pueblo grande. Tan distintos. Tan iguales.
El Entorno se confunde a veces, ya no en las aceras y calles (la distancia existe para ellos también), sino en los bloques de datos que flotan y se cruzan en la red. El centro y la periferia se funden entonces en una argamasa informe y ruidosa, pero decididamente homogénea.
El grupo de amigos y cómplices se va conociendo, interactúa, se quema en el fuego del pecado ajeno y vuelve a las sombras de donde salió, para reincidir plenamente apenas les sea posible, o cuando alguien pida auxilio y necesite una mentira instantánea.
Track 14 – Estrella
Ella es distinta. Para empezar, es la única que tiene nombre. No se ha dejado hipnotizar por las tendencias pseudo-uniformizantes de aplicarse letras como denominación.[23]
Ella nació con un nombre que alguien eligió sin consultarla pero que le gusta a pesar de todo. Una en millones. Estrella.
Casi nadie le habla. Es muy trabajoso tener que pronunciar las ocho letras de su nombre para dirigirle la palabra. Y aun más trabajoso es escribirlo en una ventana de chat. Nadie utiliza un nombre de más de una letra hoy en día.
H antes le hablaba pero ya no. Aunque él tiene otros motivos para negarle al menos un susurro. H no le habla porque no quiere. Sencillamente se cansó de hablarle. O, tal vez, le habló tanto y durante tanto tiempo que se quedó sin nada para decirle.
Ella oye el silencio y calla también. Tampoco tiene tanto que decir. Mira el cielo, deja surgir una lágrima en el ojo izquierdo, desliza su mano derecha por su vientre inflamado de maternidad y llora.
Recuerda, Estrella. Recuerda tantas cosas y tan intensas que le pesa el alma. Recuerda, Estrella. Recuerda los días de ruido. Los días en que no tenía silencios a su disposición. Los gritos, la música, las bocinas. Las conversaciones hasta la madrugada. La vida y sus sonidos. La vida.
Despierta, Estrella. Despierta sola y triste, con esa tristeza que no puede quitarse de encima hace tanto tiempo y que le apuñala la garganta a cada instante, anulándole la voz, de manera tal que el silencio es, ahora sí, absoluto.
H hace tiempo que no viene. Ni siquiera pasa a quedarse callado. Hasta hace poco llegaba sobre el final del día, besaba a Estrella y veía televisión, o hacía algún llamado telefónico.
Ahora se limita a mandar algún mail escueto con preguntas tales como “¿necesitan algo?”, a los que Estrella ya ni responde, después de haber perdido cientos de horas contestando “a vos”.
Estrella se solidifica. Se vuelve cada vez más dura. Quema la consola que H ha dejado para “comunicarse”, corta los cables del teléfono. Arroja el celular a la basura y se prepara para vivir sola. Definitivamente sola. Absolutamente sola.
Track 15 – H
Sale a la calle. La garganta seca apenas tres minutos después de su Coca-Cola. Es mentira lo que dice la publicidad, sea lo que sea que diga. Coca-Cola no refresca, sino que te deja una vaga idea de un momento de frescura.
Se dice que ahí afuera hay otros como él. Necesita creerlo. Pero ¿cómo encontrarlos? Podrían pasar doscientos años hasta dar con alguno. O no. ¿Quién sabe?
Entra en un bar. No parece un bar. Se sienta. Pide un gin-tonic. Gin, tónica, diez gotas de jugo de limón, aclara. No quiere el limón en rodajas. Quiere diez gotas de jugo.
Le traen su bebida mientras él se concentra en un video-clip en el video-wall de la video-pared. Le pusieron el limón en rodajas. Nunca falla. Si lo pide de una manera se lo traen de la otra. Si no aclara nada le traen cualquier bebida. Es puro Karma. Fritura en la comunicación. Más que enojarlo, esto lo conforta.
Recorre el lugar con la mirada. Al fondo ve unas seis computadoras. Pregunta. Sí, están para usarlas, adelante, elija una. Abre su Messenger[24]. V no está online. Le envía un mensaje al móvil: “Necesito verte urgente. Tengo algo muy importante que decirte.”
No pasan ni cinco minutos y ella ya está allí. En su ventana de costumbre. Con su mismo nick de siempre. Pregunta preocupada: “¿Qué pasa?”. Respuesta estúpida: “Nada. Te extrañaba.”
Track 16 – V
A ella le tiemblan las piernas apenas recibe un mensaje de H. Recorre angustiosamente el cuarto decorado de maniquíes y busca un lugar donde sentarse. Ya no le placen esos cuerpos plásticos que funcionan como muebles. Quiere una silla de verdad, una mesa de verdad. No estas bromas surrealistas que ya ni recuerda como llegaron a ser partes de su mobiliario.
Hace calor. Un calor atroz. Se desnuda. Su cuerpo reflejado en el espejo le muestra una imagen que la conforta. Es bella. Es linda. Es sensual. Pero le falta algo. V siente que su cuerpo no está completo. V quiere un brazo rodeándole el talle. Una mano acariciando su mejilla. V quiere sentir el amor en la piel.
H vuelve. Está próximo a llegar. Ahora sí, los nervios la atacan con furia. Siente la sangre arder y cómo ese calor se transmite quemando sus huesos. Huele la combustión interna de su cuerpo. Mira el espejo otra vez y lo que ve ya no es lo mismo. Ella ya no es ella. V vibra como vibra la pantalla de un monitor al reproducir una toma filmada de la misma.
Su imagen reflejada es ahora sólo una contracción hueca de infames deseos. Deseo de posesión. Deseo de satisfacción. Deseo del mismo deseo. Pecado original.
Abre la boca para decir algo pero recuerda que está sola y que sólo los locos hablan solos. Entonces habla. Habla con la ninfa de acero inoxidable que guarda aún sobre su espalda el abrigo que ella hace días recogió del piso y volvió a tender como una capa sobre los falsos hombros.
V dice todo lo que tiene para decir, que es mucho y nunca es suficiente, a los oídos de estos seres sin alma que la observan desde la oscuridad de sus ojos huecos. V arranca palabras a su garganta porque sabe que no la escuchan. V habla porque si hubiera alguien que pudiera escuchar lo que dice sería una locura decirlo. Aún más que hablar sola en esta penumbra digital.
Monologa durante horas, contándole a la nada toda su historia, y termina su discurso dirigiéndose a H. Y obviamente sólo puede decirle dos palabras. Cinco letras. Dos, espacio, tres letras más.
Track 17 – Estrella
Estrella traza su estrategia. La dibuja en un papel. Descubre errores y arranca la hoja del cuaderno, la hace un bollo, la arroja al cesto.
Estrella se da cuenta que ya nadie utiliza el papel y el lápiz como ella lo hace. Hay demasiadas pantallas y teclados, piensa. Si hubiera un apagón general en todo el mundo, demasiada gente moriría de miedo, por la explosión repentina de sus fobias, por un síndrome claustrofóbico al sentirse encerrado y aislado. Y todo eso porque no saben comunicarse sin utilizar un teclado y una pantalla.
Estrella piensa que es una suerte que los adminículos especiales para ciegos y sordomudos sean tan caros, por lo que aquellos aun no han caído en las garras de la tecnología en un cien por ciento.
Ella, de alguna manera, se ha transformado en un ser ciego, sordo y mudo. Mira sin ver todo aquello que pasa por su lado; oye sin escuchar todos los sonidos que vibran a su alrededor; habla, sí, pero no hay quién la escuche. El árbol que cae en el bosque, ¿hace ruido si no hay nadie para oírlo?
Estrella piensa. Cree recordar algunas cosas que le suenan básicamente felices. Risas. Un escalofrío de gusto cuando una mano rozaba la piel de sus muslos. Cierta humedad en los labios al separar su boca de un beso.
Mira a su alrededor y ve el silencio y las sombras y quiere llorar pero no puede. Siente que no tiene un motivo real para llorar. Y Estrella no hace nada que no sea real o esté justificado previamente. Justamente ella, que reniega de todo ese universo virtual en el que se mueve H, no va a caer ahora, en medio de esta crisis nerviosa, en lo que tanto critica.
Cierra los ojos, mira hacia adentro. Ve su mente contrayéndose y dilatándose continuamente. Trata de medir el tiempo que hay entre cada contracción y su posterior dilatación. Doscientos años, se dice. Para H serían doscientos años. Y para ella también.
Estrella no consigue despegarse del fantasma de H que ronda permanentemente por donde ella anda. Sabe que con el tiempo desarrolló una dependencia total y absoluta de aquel que le dio su primer beso de verdad.
H fue el primero y el único en todo. Fue su primer hombre. Su primer encuentro sexual. Su primera decisión importante. Su único marido. El único padre de sus hijos. El primero en dejarla, abandonarla y renunciar a ella.
Estrella intuye que no podrá reconstruir su vida nuevamente porque le falta el pilar de todo. Falta H. ¿Cómo hacer nada si no es él quién empuja, pelea y define?
No es que H se haya ido para siempre, no. H vuelve cada noche. H llega, le da un beso, la abraza, dice tres palabras de compromiso, cena y se acuesta.
H duerme y pronuncia un nombre que no es el de ella. Un nombre que ella desconoce. Un nombre de mujer al que H besa cada noche cuando lo nombra en sueños.
Estrella derrama alguna lágrima helada sobre la espalda desnuda de su hombre. Porque H es su hombre. Y lo será siempre, por más lejos que él quiera huir.
Track 18 – 200 años
El repiqueteo de los dedos sobre el teclado, matizado cada tanto por el click del ratón seleccionando algo aleatoriamente, aquí, allá.
El resplandor plasmático de un monitor extra chato colgado en la pared. El zumbido permanente del cooler[25] dentro del gabinete, intentando enfriar al menos un poco los circuitos recalentados por la psicótica transferencia de datos a la que H está impulsando a la máquina.
El Apple está cansado. Hace doscientos años que trabaja bajo los dedos de H. Doscientos años en los que no ha descansado prácticamente ni un día, salvo los contados casos en los que su operador habitual lo ha cambiado por un base Windows.
Ahí cerca, justamente, descansa ahora una PC “intel inside”[26] que H utiliza sólo cuando algo no funciona en el Mac, lo cual ocurre cada vez con más frecuencia debido a los acuerdos comerciales entre los fabricantes de software y la firma Microsoft. Una pena.
H continúa aporreando las teclas mientras intenta ordenar sus pensamientos por escrito y el Mac recibe esa información, la vuelca en la pantalla ordenada y estéticamente, le corrige automáticamente los errores de ortografía y los de tipeo, numera las páginas que H produce incesantemente y coordina todo eso con el envío de esos datos a una cuenta de email que, se supone, le pertenece a V.
Doscientos años más tarde a H le duelen los dedos y las muñecas y al Apple le arden el teclado y los cables de cobre que lo recorren como venas, pero el mensaje ha sido completado y enviado.
Ha sido un arduo trabajo. Son muchas cosas las que H piensa y todas ellas han sido trasladadas a un procesador de textos en cuerpo doce de Verdana[27] con márgenes justificados y sin sangría.
H escribió sobre sí mismo y sobre V. Sobre su relación. Sobre Estrella. Sobre la Fuente. Sobre el Entorno. Sobre su relación con Estrella. Sobre el Hielo.
Y todo eso que ha escrito y que se ha fundido en un todo informe pero que, él lo sabe, V comprenderá sin problemas, no viaja sino a través del mismo Hielo que también es parte de ese todo.
El Apple siente como se le relajan las placas después de haber estado casi al borde del colapso. Sus rudimentarios oídos electrónicos oyen como los nodos de la red se toman un respiro después de doscientos años de funcionamiento ininterrumpido.
H siente que ya ha dejado constancia de todo lo que necesitaba guardar. Ese email no es otra cosa que un enorme back-up de lo que le sucede hoy. Y hecho el back-up, es posible pensar en una amnesia total.
H resetea su memoria. Deja que se borre absolutamente toda la información. Pierde el sentido. Formateo absoluto de la mente.[28]
Track 19 – Sexo
H se despierta temblando. Busca a su lado y no la encuentra. Su cama está vacía por primera vez en años.
Cierra los ojos y la ve. Ella está ahí, como siempre, en sus pensamientos. Estira una mano hacia su rostro y la acaricia suavemente. Ella toma esa mano con sus dedos helados y la guía hasta su boca. Le muerde el dedo índice. Lo mete en su boca despacio y lo lame como si fuera una golosina.
El H de afuera, el que vive de este lado de su ensueño erótico, deja que su brazo se estire en toda su extensión. Sus dedos, los reales, se meten debajo de la tela de su ropa interior. Ha aprendido a usarla al acostarse desde que la conoce y no la tiene a su lado, después de ensuciar más de un juego de sábanas por noche.
H toma su miembro con suavidad y se masturba lentamente, mientras en su cabeza, con los ojos mirando hacia adentro, la mira a V que lo acaricia, deslizando sus dedos por los muslos calientes, atrapando en su mano la ardiente fuerza que ahora, del lado de afuera, en el mundo real, se yergue en toda su potencia, demostrando que no hay distancias que deshagan el deseo.
En su habitación repleta de cuerpos plásticos y mutilados, V se despierta también. Lo busca igual que él la ha buscado hace instantes. Cierra sus ojos de la misma manera. Ahora sí, ahí está él. Desnudo. Siempre lo recuerda desnudo. Siempre lo imagina desnudo.
V tiene menos prejuicios que H. Si las sábanas se ensucian, dormirá sobre la humedad pagana que sus pensamientos le provean. Sin un solo retazo de tela sobre su piel, V recorre lentamente su propio cuello, desgrana caricias en sus pechos, atrapa sus pezones entre los dedos.
En su interior se agita un valle claro de placer mientras ve a H mordiendo, lamiendo y acariciando cada centímetro de piel que ella, aquí afuera, descubre para él.
H se retuerce en la cama como una serpiente, sintiendo la dolorosa sensación de tenerla y no tenerla. El sexo solitario lo hiere. Lo perfora como una daga que se clava en la médula.
H continúa su tarea porque ya no es él quien responde por sus manos sino el espíritu de V, que se acerca cada noche en la oscuridad cerrada de su habitación para regalarle un deleite fastuoso que de todas maneras no se compara con el real. Tibio reemplazo del amor carnal.
V desciende con sus uñas clavadas en el vientre, deja marcas profundas y rojas allí donde desearía infinitamente la lengua de su amante. Descubre que su mano derecha se ha abierto paso entre sus piernas y entonces busca desenfrenadamente la culminación de la tortura.
Encuentra la tibia evocación del secreto en su cavidad húmeda, y entregada al deseo de ser complacida trabaja frenéticamente sobre su clítoris inflamado hasta que encuentra el orgasmo que la esperaba suspendido en un grito.
H acelera el ritmo mientras pierde el enfoque de V y su cuerpo, el momento sutil de egoísmo absoluto en el que el macho descarga su pasión desgarradora.
Mientras V respira hondo en su último gemido, H se despide de su propio ser y eyacula su amor en el vacío, llorando una lágrima de desenfreno y angustia por fin liberada.
Track 20 – Las Promesas
Uno promete algo a cada instante. Y parece mentira, pero a veces se cree que hay promesas más importantes que otras cuando, al fin de cuentas, todas son lo mismo. Y si uno viola las que cree pequeñas, cómo esperar que se cumplan las que parecen grandes.
Llego en diez minutos. Mañana te lo mando. Te llamo. Te espero en el lugar de siempre. Estaré ahí a las cuatro. No te voy a fallar. Te voy a amar siempre. Nunca te dejaría. No voy a faltarte jamás.
Palabras. Palabras que implican un compromiso y que siempre, siempre serán violadas. Los diez minutos serán quince. Mañana será dentro de una semana. Las cuatro será algún momento entre las tres y las cinco. El no te voy a fallar será un fracaso tremendo. El amor eterno será el más fugaz de la historia. Nunca será dentro de unos años. No voy a faltarte será no me busques, porque no me encontrarás.
Pero de todas maneras, uno promete. H ha prometido más que ninguno. V un tanto menos, pero también tiene su buena cosecha de promesas. Y entre ambos llevan, en los pocos meses que corrieron desde su primer encuentro online, un catálogo entero de promesas de las grandes que ellos se juran internamente que nunca han de violar.
H sabe, en su fuero interno, que cumplir una sola de todas ellas será casi imposible. V sabe, dentro de su alma, que ella hará todo lo posible pero… ¿quién sabe?
Mientras tanto, hay una persona que nunca faltó a uno solo de sus compromisos y que hoy se relame las heridas buscando en sí misma la responsabilidad por las faltas ajenas: Estrella.
Ella sabe, también, que las promesas son difíciles de cumplir. Pero se reconoce con esa capacidad que tiene uno en un millón de no abrir la boca para decir nada que no pueda respetar indefinidamente. Es por eso que no culpa a nadie salvo a sí misma. Se culpa por haber honrado siempre sus compromisos. Se culpa por ser perfecta justamente en aquello que todos los demás fallan. Se culpa por ser la responsable directa de todos sus males, por haber creído, estúpida e ingenuamente, que H estaría a su lado hasta que la muerte los separe.[29]