Novela – 2da Parte
Track 7 – H y V
El encuentro es silencioso como ella. Se miran y se reconocen, pero no hablan. Un abrazo tibio. Alguna lágrima inesperada. Risas nerviosas. Más abrazos.
Un café, una broma inoportuna. Las sonrisas mezcladas de dos arañas que se mueven en telas ajenas, con cautela y un poco de miedo.
No se tocan más allá de lo absolutamente formal y necesario. No se besan. No es probable que el otro reciba el beso de buena manera. Si hasta ahora no se habían encontrado ni intercambiado palabras sonoras. Hay que romper el hielo primero. Hielo. Como el hielo del ciberespacio que rodea en una vuelta de trescientos sesenta grados la conciencia de la red electrónica en la que se han movido hasta hoy.
Un deseo contenido. De los dos lados. Alguno de los dos deberá hacer contacto. H desconfía. V duda. Ambos callan. Silencio incómodo. Caminan hasta un cibercafé[17]. Se sientan en dos máquinas contiguas. Chat. Ahora sí. Comunicación al fin.
Cada uno buscando lo mismo. Dos almas opuestas pero sincronizadas. Los polos que se atraen. El elenco estable de una puesta en escena dudosa pero real. Cada uno la mitad de algo.
Doscientos años de horas que transcurren en un semi-silencio confortable y nervioso. Las pieles que se erizan a la menor posibilidad de roce. Y de pronto el beso. Beso postergado por la duda. Beso de héroes de novela que han esperado el último capítulo para contentar a sus seguidores. Sólo que aquí no hay seguidores. Sólo se contentan ellos. Y ni siquiera ellos. El beso no alcanza.
Se esconden en un hotel y hacen el amor con violencia, salvajemente. Se regalan sexo apenas teñido de ternura. No hubo tiempo formal para desarrollar la ternura. Son sólo gemidos. Son sólo uñas que se clavan en la piel y dientes que muerden pezones. Son sólo lenguas que lamen sin discreción la identidad oculta de los cuerpos.
Luego se miran, habiendo gritado el último grito, sudados y etéreos. Livianos. Cansados. Se miran un momento. Se visten. Se despiden.
V llora. H se lleva un temblor en el pecho que le robó a ella en la madrugada, sacado de una pesadilla.
V se queda donde está, sin saber como reconocerse en el espejo. H conduce como un loco a ciento ochenta kilómetros por hora para llegar, pronto, a su Apple. Y a la V virtual de la que se reconoce enamorado.
Track 8 – La Fuente[18]
El hombre es eso. Sólo un hombre. Un animal que se supone pensante. Un mamífero como cualquier otro pero que tiene un afán que va más allá. Instinto de perduración.
Lo que para el resto de los animales comunes es sólo un afán de conservarse, es decir de vivir y reproducirse para no agotar la especie, en el hombre se ha desarrollado un poco más y la idea pasa a ser la trascendencia. Morir pero dejar algo.
No basta con dejar cachorros. No basta con haber copulado para lograrlo. No basta con haber parido y criado. Hay que dejar algo a toda costa.
Debe ser por eso que el hombre inventó el amor. Al morir no se deja sólo un vacío físico. Tiene que quedar ese hueco oscuro de la falta del otro. Hay que dejarle a las siguientes generaciones el eslabón que uno mismo forjó en sus años de vida para completar la cadena que los esclavizará por siempre a otro. El amor. Esa cadena es el amor. La única trascendencia posible. Haber amado y dejar el recuerdo y el dolor de haber amado.
Esa es la Fuente de todo. La dialéctica del amor es cruel. El amor es retórico. Te amo porque me amás. Me amás porque te amo. Te amo justamente porque no me amás y quiero que me ames. Cadena esclavista. Soy tuyo, sos mía. Sentido de propiedad. Te quiero sólo para mí. Quiero ser sólo tuyo.
Pero hay más. A veces, sólo a veces, en contadas ocasiones, uno pretende ser un poco más. Y el amor se divide y se multiplica. Dos vertientes de la misma cosa que crecen exponencialmente y se confunden. Y ahora quiero que vos, y también vos, sean para mí. Y yo soy tan grande y tan poderoso que puedo (y quiero) ser para vos. Y también para vos.
Y la Fuente se contradice a sí misma y uno ama dos veces en forma paralela. Y para peor, lo aman dos veces. O más.
Y la Fuente comienza a sonar desconocida. Y uno la mira con extrañeza y trata de entender qué fue lo que pasó. Pero no entiende. Y entonces apuesta. Una ficha aquí, dos allá. Gana la banca.
El instinto animal pesa un poco más que el amor y uno se asusta. Y el miedo es un mal aliado. Y con la lógica del apostador que pasa por una mala racha, se duplica la apuesta y uno juega cada vez más fuerte y más insolentemente, logrando sólo que el destino y la misma Fuente le demuestren que son más poderosos y sabios y que jamás podrá ganar esta partida.
Pero de todas maneras uno juega. Y nada en el mundo ni en el espacio podrá hacerle entender que el juego está perdido desde antes del comienzo.
Track 9 – V Telepática
Nada es como era. La pantalla ya no es una fría porción de irrealidad que la acerca a una imitación burda de la vida, sino la herramienta para verlo. Ver su nombre en una ventana bidimensional de letras claras y gráficas inocuas es verlo a él.
No poder alcanzar a tiempo un teclado para decirle que lo extraña es la mismísima muerte. La persiguen los temblores. Los llantos nocturnos. Sólo esa cercanía en la distancia le permite recomponer un poco los gestos y atreverse a seguir adelante.
Trabaja. Horas y horas de trabajo ignífugo. El trabajo no la incendia. La protege del fuego y del terror. Corre. Alcanza la mesa de un cibercafé. Lo busca. Le dice (escribe) que lo ama. Escucha (lee) que él siente lo mismo. Ve (imagina) su sonrisa amplia y su mirada clara clavada en sus ojos.
V busca un cable para conectar su corazón a la red. Quiere abrirse el pecho y hacerse un implante USB que permita que su cuerpo funcione como un módem, enviando y recibiendo, modulando y demodulando datos que le digan a él que lo que los une es la mismísima Fuente.
V sueña y espera. V ama y se contiene de gritar, porque le da vergüenza y porque la voz se le quiebra ante el más mínimo esfuerzo. No duerme. Envía mensajes telepáticos que sabe que llegarán igual de rápidos que un correo electrónico. Repite, mentalmente y para sí, encauzando sus pensamientos hacia H, las cinco letras de las dos palabras de siempre. Dos letras, un espacio, tres letras más.
Track 10 – H y el miedo
Terror. Espanto. Nada de lo que ha vivido le ha dado jamás tanto miedo como esto que vive ahora. No pregunten por favor. No lo puede explicar. Es un escalofrío del alma. Un calambre en el corazón. El cerebro hendido por la navaja de afeitar del abuelo.
¿Desde cuándo está así? ¿Cómo fue que no lo percibió antes? Simplemente no lo quiso saber. Se engañó. Pretendió engañar. Falló. O no falló. Casi se podría decir que fue un triunfo rotundo. Cualquiera podría verlo. Cualquiera menos él.
Le duele el pecho. Se queda sin aire. Recuerda la Fuente. Recuerda a Rubén Darío y su poema “Lo fatal”[19].
Tiembla de miedo ante la idea del amor dividido. Ese sentimiento extraño que ahora lo invade como una infección que los antibióticos de la razón no pueden frenar.
H le tiene miedo a la Fuente, pero más le teme al miedo mismo. El miedo siempre fue un aliado circunstancial que afectaba a los demás. Hoy lo siente él. H tiene miedo. El miedo lo tiene a H. Círculo vicioso de impotencia y misterio.
H llora en silencio y tiembla. Un temblor suave que no se parece demasiado al terremoto de V pero que tiene un origen similar. Se pide a sí mismo una nueva oportunidad y busca en su interior la tecla reset. Reiniciar. Cualquier mal común de un ordenador se cura automáticamente con un reinicio. En este momento quisiera poder hacerlo con su mente. Con su alma. Con su corazón.
O, aún más radical, un formateo total a bajo nivel, que le permita recuperar sólo las funciones vitales, dejando en el limbo de la virtualidad todo lo que tiene esta vida de molesto y cruel.
Pero no encuentra la forma de hacerlo, y sigue llorando. Pero ya no tiembla. Destapa una Coca-Cola, la bebe de un solo trago, se acomoda el cabello con los dedos y sale. Sale al mundo real. Allí hay gente que sufre igual que él. Que tiene sus mismos miedos. Sólo hace falta encontrarla.
Track 11 – V y el miedo
Si sus habituales temblores son, como dice H, un terremoto, los de hoy han sido aún peores. El holocausto. El Apocalipsis. La gran caída.
Quiere dejar de pensar porque pensar acrecienta el miedo. Y el miedo le da más miedo. Enciende el televisor. Error. Lo que ve no es adecuado para su estado de ánimo. Una rehén americana en Irak pide por favor que los Estados Unidos retiren las tropas o piensan decapitarla.
Apaga el aparato. Busca su celular. Envía un mensaje de texto a H. “Tengo miedo”. Con eso debería bastar. Compartir su temor con él le hace bien. Espera unos minutos. No hay respuesta. Envía un mail. Lo mismo. El mensaje, la espera y la falta de respuesta.
Debe estar ocupado. Eso le da más miedo. La sensación de estar en segundo plano. Lo necesita y él está ocupado. H empresario. H comerciante. H en reuniones inacabables que no hablan de ella. Maldito H. Lo odia.
Lo odia, pero no. Le da miedo odiarlo. Tanto miedo como amarlo. Tanto miedo como perderlo. Aunque nada la asuste más que tenerlo, poseerlo. Ella sabe, aunque intente negarlo, que él ya es su propiedad privada. Que puede hacer de él lo que quiera.
Y eso la asusta. Mucho. Igual que los fantasmas que siguen visitándola desde el pasado. Miedo molecular. Miedo atómico. Miedo a ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto.[20]
Track 12 – El hielo[21]
El hielo está ahí. Lo mencionó Gibson por primera vez, pero estaba ahí desde antes. El hielo es anterior a la mismísima red que hoy lo contiene. El hielo es la información pero no es la información en sí. El hielo es el Dato, pero no el espíritu ni la “personalidad” del dato. El hielo es el canal, el emisor y el receptor, pero no es ninguno de los tres. El hielo es nada más que el hielo, pero de alguna extraña manera es todo lo demás.
Alguna vez le han dado algunos golpes, pero el hielo resiste. Los hackers que intentan atravesarlo no pueden hacerlo por la sencilla razón de que necesitan el hielo. Es del hielo de quien dependen para entrar, permanecer y salir de la red. Pero paradójicamente, la esencia del hacker es atacar aquello de lo que depende. Y la esencia del hielo es resistir a esos ataques al tiempo que los estimula.
En algún bloque del gran bloque de hielo están los mensajes de V y H. En alguna pequeña porción de masa blanca y fría están las palabras de amor, de locura y de muerte[22] que se han estado transmitiendo desde hace doscientos años. Claramente mezcladas y distorsionadas por la fritura que, como en el vinilo, el hielo les aporta.
El hielo las contiene, pero al mismo tiempo las libera. Las transforma. Colabora en la metamorfosis de la información. Les da cuerpo. Les quita sustancia. Las transparenta. Las esteriliza. Las contamina.
En el hielo el amor es información. Un hielo rojo y blando. El miedo también lo es, pero de color púrpura oscuro y de una textura más sucia. En el hielo todo es gráfico, frío, incorpóreo.
El hielo es donde H y V se mueven con mayor facilidad, como dos patinadores, transformando el pulso de sus dedos en letras, las letras en palabras, las palabras en frases, las frases en historias. Excusas insustanciales de la red de redes. Puras. Atormentadas. Envueltas en el oscuro chirrido de una púa levantando el polvo del surco de vinilo.